El evangelio pone en boca de María un canto radical, un himno que proclama la grandeza de Dios. Un grito de justicia y liberación. Seguro que su vida reflejó esa lógica. Seguro que sintió con hondura el grito de los más machacados, los más heridos y los más rotos. Seguro que vibró con la palabra de ese Hijo que le daba la vuelta a todo. Seguro que, en su fuero interno, fue indiferente a la soberbia de los necios, pero sensible a la palabra humilde de los pequeños. Y todo eso lo plasmó Lucas en ese canto, en ese Magnificat. También yo, también cada uno de nosotros, estamos haciendo de nuestra vida un canto, porque nuestras vidas hablan.
Magnificat
Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
Su nombre es santo,
y Su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a su pueblo
acordándose de la misericordia
?como lo había prometido a nuestros padres?
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.
(Lucas 1, 46-55)








