No hace mucho, nuestra hermana Lupe visitó Nador y estuvo en los campamentos de las personas que están esperando poder saltar las vallas, buscando el Paraíso. Otros, quizás por que dispongan de algunos ahorros lo buscan por mar. ¡Como podemos rechazarlos por ambos caminos sin alejarnos de la Voluntad de Dios?
“Cómo el Padre bueno quiere escuchar el clamor de los pobres” (cfr. Ex 3,7-8.10).
En las Sagradas Escrituras se pone de manifiesto “cómo el Padre bueno quiere escuchar el clamor de los pobres” (cfr. Ex 3,7-8.10). Hacer oídos sordos a ese clamor nos coloca “fuera de la voluntad del Padre y de su proyecto, porque ese pobre ‘clamará al Señor contra ti y tú te cargarías con un pecado’ (Dt 15,9). Y la falta de solidaridad en sus necesidades afecta directamente a nuestra relación con Dios: ‘si te maldice lleno de amargura, su Creador escuchará su imprecación’ (Si 4,6)” (EG 187)10.
En este contexto Francisco recuerda la antigua pregunta que aparece en la primera Carta de san Juan: “si alguno que posee bienes del mundo ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1 Jn 3,17) (EG 187)11.
La petición que dirige Jesús a sus discípulos para que den de comer a la gente (cfr. Mc 6,37), implica dos cosas12. La primera tiene que ver con “la cooperación para resolver las causas estructurales de la pobreza y para promover el desarrollo integral de los pobres”. Y la segunda se expresa en los “gestos más simples y cotidianos de solidaridad ante las miserias muy concretas que encontramos”.
La solidaridad para Francisco supone ante todo y sobre todo “crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos” (EG 188).
En efecto, esa nueva mentalidad que prioriza la comunidad, es una reacción natural de quien “reconoce la función de la propiedad y el destino universal de los bienes como realidades anteriores a la propiedad privada”. Y como bien lo expresa Francisco, “la posesión privada de los bienes se justifica para cuidarlos y acrecentarlos de manera que sirvan mejor al bien común, por lo cual la solidaridad debe vivirse como la decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde”. Estas convicciones y hábitos de solidaridad, cuando se encarnan, “abren camino a otras transformaciones estructurales y las vuelven posibles. Un cambio de estructuras sin generar nuevas convicciones y actitudes dará lugar a que esas mismas estructuras tarde o temprano se vuelvan corruptas, pesadas e ineficaces” (EG 189).
La obligación de poner atención al grito de los pobres “se hace carne en nosotros cuando se nos estremecen las entrañas ante el dolor ajeno” (EG 193).








