El terror al mar —muchos de los que huyen de la miseria o guerra en África no saben nadar—, las penurias dejadas atrás y la aparente cercanía de la salvación se convirtieron en una aleación mortal. En la medianoche entre el sábado y el domingo, cuando se encontraban a 70 millas de Libia, a 112 de Malta y a 130 de la isla italiana de Lampedusa, los ocupantes de un pesquero viejo y destartalado como los que suelen utilizar los traficantes de hombres vieron acercarse un barco. Se trataba del carguero King Jacob, de bandera portuguesa, que había sido enviado a la zona por el Centro Nacional de Socorro de la Guardia Costera italiana. Instintivamente, los inmigrantes se abalanzaron hacia un lado para pedir ayuda y el pesquero volcó. Ni los esfuerzos de la tripulación del carguero ni las numerosas embarcaciones de socorro enviadas a la zona por la guardia costera italiana y por el Gobierno de Malta pudieron hacer más que salvar a 28 personas e izar del agua los cadáveres de otras 24 aunque se estima que la cifra de desaparecidos podría alcanzar las 700 personas.
Muertos sin historia, muertos de nadie. Desaparecidos en nuestro mar y pronto borrados de nuestras conciencias. Pero ya sabemos que volverá a pasar mañana. Y en una semana. Y en un mes. Llevando nuestras emociones hasta la indiferencia. Repite una noticia todos los días, con las mismas palabras, con el mismo tono, por triste y afligido que sea. Esa historia no recibirá atención, parecerá la misma de siempre. Será la misma de siempre. “Muertos en una barcaza”.
Desde la plaza de San Pedro, el papa Francisco trazó un perfil en su honor, un alegato contra la indiferencia: “Son hombres y mujeres como nosotros, hermanos que buscan una vida mejor; hambrientos, perseguidos, heridos, explotados, víctimas de guerras… Hombres y mujeres como nosotros. Buscaban la felicidad”.
El mundo árabe es una región martirizada por graves conflictos bélicos. La situación de inseguridad empuja a muchas personas a arriesgar sus vidas cruzando el Mediterráneo rumbo a Europa. Casi cuatro millones de sirios se han refugiado en países vecinos, cuyos campos de acogida están al borde del colapso y en lo que va de año, la cifra de inmigrantes que han sido rescatados en el mar o han sido capaces de llegar a las costas italianas no es muy diferente a la de 2014, y oscila alrededor de los 23.000. Sin embargo, este año se ha multiplicado por diez el número de las personas que se estima que han fallecido en el viaje hacia Sicilia.
“Un 90% de los emigrantes que arriban a Italia han partido de Libia, que está centrado en sus prioridades internas, lo que permite a los traficantes operar un lucrativo negocio”, explica Amer Taha, uno de los responsables de la oficina de la OIM en El Cairo, y aunque en Italia, la policía ha desarticulado una célula de tráfico de personas que trasladaba a inmigrantes desde las costas africanas rumbo a Europa, los expertos denuncian la suspensión, el pasado mes de octubre, del programa del Mare Nostrum del gobieno italiano, que tenía como objetivo luchar contra las mafias que trafican con personas y rescatar a los inmigrantes en alta mar. Su presunto sustituto, el programa Tritón de la UE, cuenta con unos medios mucho más escasos y su misión se limita a proteger las fronteras de la UE. No se salvan vidas endureciendo las fronteras. “Obsesinados con el miedo del “efecto llamada”, estos Estados no están interesados en salvar vidas”, se lamenta Aurélie Ponthieu, asesora de la ONG Médicos Sin Fronteras.








