Regresar a El Valle fue lo que pensé desde el día en que me despedí de la comunidad en julio del año pasado y, según pasaba el año, me veía volviendo a hacer la formación de voluntarios, yendo al encuentro en Madrid, comprando los vuelos hasta que el lunes 24 de agosto, volví a subir la loma y entré de nuevo en la escuela.
Ya conocía la comunidad, a algunos de los niños y a las hermanas, pero esta vez llegaba en un momento completamente distinto. El año anterior había conocido la escuela durante el periodo de vacaciones, con menos niños y mucha más libertad para organizar las actividades. Este año pude verla funcionando a pleno rendimiento y comprender todo lo que implica mantener una escuela en marcha cada día.



Conocí a todo el personal que hace posible su funcionamiento: desde las conserjes, madres de algunos de los niños de la escuela y vecinas de la comunidad, hasta los profesores que llegan desde distintos lugares de la provincia y hacen un largo camino para venir a dar clase. Descubrí las costumbres y la rutina de la escuela: la izada de bandera con el himno nacional, las comidas por orden de curso, el reparto de uniformes, el cuidado del huerto, los juegos en la hora del recreo…
Y, sobre todo, me hizo pensar en la suerte que tienen los niños de El Valle y de otras comunidades cercanas de contar con un lugar así. La escuela no es tan solo el espacio donde aprenden matemáticas, lengua o ciencias; es también un lugar para jugar, encontrarse, ser escuchados y desarrollar su propio pensamiento.



Uno de los momentos que más me emocionó fue reencontrarme con algunos de los niños a los que había dado clase en julio del año pasado. Varios de ellos ya habían terminado la escuela primaria y habían decidido continuar sus estudios en Guanito, una comunidad situada a ocho kilómetros, donde realizan la secundaria. Saber que quieren seguir estudiando me produce una enorme alegría y admiración. Para llegar hasta allí tienen que subir y bajar la loma todos los días durante los años que dura la secundaria y, aun así, han decidido continuar aprendiendo. Creo que pocas cosas muestran mejor lo que la educación significa.
También fue muy especial comprobar el progreso de algunos niños que hacía un año tenían dificultades incluso para reconocer las consonantes y que ahora eran capaces de leer cuentos.
Durante mi estancia, los días eran largos y los pasaba en la escuela desde el comienzo de las clases hasta que atardecía. Por las mañanas, en grupos pequeños, trabajaba la alfabetización con niños a los que les estaba costando reconocer las letras, asociarlas con sus sonidos y comprender las palabras que forman. En algunos casos existe un déficit importante de aprendizaje y, unido a la falta de atención, hace que algunos niños vayan quedándose atrás generando mucha frustración.



Pero pude comprobar hasta qué punto puede cambiar una situación cuando alguien se sienta con ellos, les dedica tiempo y, sobre todo, les hace sentir que son capaces ¡Qué enorme satisfacción supone para un niño leer por primera vez una palabra y qué enorme satisfacción es para el que está a su lado ver que, después de muchos intentos, finalmente lo consigue!
Por las tardes ayudaba con las tareas a los alumnos de secundaria que subían desde Guanito después de su jornada escolar y con los alumnos de primaria se trabajaba la lectura leyendo cuentos y escribiendo sobre ellos o se jugaba a juegos de mesa. Eran tardes en las que, además de aprender, había tiempo para conversar, pasear y descubrir qué les interesaba.
Con las niñas más mayores, de trece, catorce o quince años, tuve especialmente presente la importancia de hablar de su futuro y de las posibilidades que tienen delante. En una comunidad donde el embarazo en la adolescencia es una realidad frecuente, me parecía importante transmitirles la importancia de estudiar, ser independientes y formar sus propias ideas.


No se trataba de decirles qué debían hacer, sino de intentar que pudieran imaginar más posibilidades para sí mismas y que tuvieran herramientas para decidir qué querían y qué no querían para su futuro.
Quiero agradecer especialmente a Yommarys y Francisca este mes compartido. Su trabajo incansable, su entrega y el estar siempre pendiente de los demás me ha enseñado mucho. Cada una desde su lugar, con sus tareas y responsabilidades, pero siempre con una disposición absoluta. Si la escuela de El Valle continúa siendo hoy una realidad, es en gran medida por la constancia y la entrega de personas que llevan años sosteniéndola.
Sueño con que llegue un día en que la comunidad de El Valle tenga dentro de sí misma todas las herramientas necesarias para seguir adelante sin depender de la ayuda de fuera. Y creo que la educación es uno de los caminos para conseguirlo: educar, enseñar y empoderar hoy a los niños para que mañana sean los adultos que quieran hacer de su comunidad un lugar mejor.
Con mucho cariño,
Marina






