En el Día Mundial (12 de Junio) contra el trabajo infantil recordamos que aproximadamente hay 246 millones de niños y niñas que son víctimas del mismo. Cerca del 70% de ellos trabajan en condiciones peligrosas como la minería, labores agrícolas con productos químicos perjudiciales, reclutamiento forzado en conflictos armados.
Estos niños y niñas se encuentran en todas partes, pero son invisibles.
La convención nº 138 de la OIT permite cualquier tipo de trabajo ligero, que no interfiera en la educación y a partir de los 12 años en países en vías de desarrollo.
Ésta es la cuestión, no en todos los lugares se tienen en cuenta estos principios de respetar los tiempos de su escolaridad ni la edad permitida. En algún país, como Bolivia hasta el 2017 estaba permitido que trabajaran desde los 10 años.
Cuando nos asomamos a las realidades de pobreza de los países donde hay trabajo infantil se puede llegar a comprender la necesidad de las familias de que sus niños/as trabajen; en algunas es prácticamente el único dinero que entra en la casa. Desde estas necesidades reales y siempre y cuando se sigan las normas de la OIT que aparecen en las Convenciones 138 y 182 no nos opondríamos a la existencia del trabajo infantil.
De todos modos, otras deberían ser las alternativas a la pobreza de las familias. Son los adultos quienes tienen la responsabilidad de trabajar, cuidar, y solucionar la situación económica. Y son los Estados quienes tienen la responsabilidad de que en sus países se desarrollen los medios necesarios y justos para que haya bienestar para todos. Hay demasiados estados corruptos donde los Derechos Humanos son pisoteados, no tenidos en cuenta y donde se masacra a las personas adultas, niños, niñas, adolescentes; donde parece que el bien común es el menos importante. Y esta realidad es así por el beneficio injusto y explotador de unos pocos a costa del trabajo y el sufrimiento de muchos.







