Tras unos meses intentando readaptarme a mi realidad, puedo mirar hacia atrás y entender un poco mejor lo que esta experiencia ha supuesto para mí. En mi caso la experiencia de voluntariado tuvo lugar en El Valle de Elías Piña, República Dominicana, con una duración de. cinco meses Puede que en principio parezca mucho tiempo, pero en realidad se hace demasiado corto.
Antes de iniciar la experiencia, durante los preparativos surgen dudas, intentas hacerte una idea de lo que te puedes encontrar, cuando nos lo explican y prepararte para ello, vas con una mentalidad abierta pero lo cierto es que hasta que no pones un pie en El Valle, no puedes saber cómo es aquello. Es un choque cultural inmenso, todo te impresiona y sorprende. Das por hecho que vas a ver pobreza, pero va más allá, encuentras no sólo pobreza material si no pobreza integral. Una vez allí la adaptación en la casa no resulta difícil, ya sabes las comodidades que vas a tener o no, a mí personalmente me sorprendió gratamente. En cuanto a la adaptación en la comunidad es otro tema, la gente es muy acogedora, pero es inevitable sentirte perdida al principio, pues todo es diferente, no tienes referencias para comparar y no puedes actuar como lo harías en tu sociedad. Según va pasando el tiempo te integras sin darte cuenta, cambias la forma de actuar, de trato e incluso la forma de hablar, poco a poco te vas haciendo un hueco entre ellos y ellos pasan a formar parte de tu vida. Desde aquí crees que vas a prestar una ayuda, a hacer algo por esas personas, pero en realidad vas a compartir con ellas. La mayor parte de la jornada transcurría en la escuela, donde puedes ver las limitaciones de los niños y niñas por falta de estímulos, no podemos valorar las facilidades de las que disponemos desde que nacemos, hasta que no te encuentras con alguien que nunca las tuvo ni puede imaginárselas. Me viene a la mente un recuerdo dando clase con el libro de lengua, en el que a partir de las ilustraciones debíamos contar el cuento de “la bella durmiente”, ahí ves que el contenido no está adaptado a ellos, cómo puedes explicarle a un niño o niña que no ha salido de su comunidad donde no disponen ni de agua ni luz, lo que es un príncipe, una princesa o un castillo… Tampoco dispones de medios para enseñárselo así que entra en juego tu imaginación e improvisación, te das cuenta de lo diferente que es la etapa de la infancia dependiendo donde estés. Es en la escuela donde están aprendiendo lo que es la ilusión, a jugar, a compartir… en definitiva, a ser niños. Los jóvenes y adultos tampoco lo tienen fácil, trabajando y luchando por supervivir con los medios de los que disponen, en ocasiones piensas que no los rentabilizan, que si lo hicieran de otra manera… pero debes adaptarte, pues el proceso de educación no se da sólo en la escuela sino en toda la comunidad y nos cuesta, por nuestra mentalidad que dista mucho de la suya.
Poco a poco interiorizas la experiencia y comienzas a luchar por el cambio social en tu medio concreto y ya no puedes parar.
Ya adaptada te centras en el día a día, creas vínculos y te sientes en tu sitio. Aprendes mucho, no sólo de lo que estás viviendo, sino de ti misma, conoces partes de ti que desconocías y te das cuenta que puedes hacer cosas que ni pensabas, sólo es proponértelo y trabajar por ello. Compartiendo con ellos aprendes a abrir la mente, a no prejuzgar y a contextualizar, pues cómo digo son realidades muy diferentes y hay que actuar acorde a las circunstancias, aun que en ocasiones te sientas impotente y te frustres. Recuerdas cuáles deben ser las prioridades y valoras mucho más lo que realmente merece la pena. Es una experiencia muy intensa en la que entran en juego muchos sentimientos y debes saber canalizarlos, para ello la compañía es esencial, esas personas que están a tu lado todos los días, te enseñan, aconsejan, apoyan y guían, que son Isabel, Yomarys y Alberto con quienes viví los cinco meses y Marta con la que compartí los tres primeros, sin su apoyo y el de otras personas vinculadas a las Hijas de Jesús o Fasfi, hubiera sido imposible. Esas cuatro personas con las que formaba comunidad siempre serán especiales para mí por los momentos compartidos. Es inevitable la creación de vínculos en el día a día, especialmente con los niños y niñas, se da un acercamiento mutuo y se crea una relación que se asimila a la de familia, pues sientes que siempre van a formar parte de ti, por mucho tiempo que pase o haya muchos kilómetros de por medio.
Llegando el final de la experiencia, te paras a pensar en los logros conseguidos, el camino recorrido, pues con el “corre corre” diario no siempre puedes pararte a reflexionar. Ves un gran avance en los chicos y chicas y en los adultos también, visto desde fuera puede que sean pequeños cambios pero allí es un gran logro. Te sientes partícipe de ello y así te hacen sentir, no sólo con sus palabras sino con sus actos que es más importante. Sabes que lo que más necesitan es amor, y que esa es la base. La despedida creo que ha sido uno de los momentos más duros para mí hasta ahora.
De nuevo en casa redefines el término hogar, pues allá me sentí como en casa. Admiras la fortaleza de esas personas, sobre todo la de las mujeres, cómo luchan cada día para seguir adelante, la forma de hacer frente a las adversidades, cómo buscar apoyos. Vuelves cambiada, has aprendido a valorar a las personas, los momentos y por último las cosas, y descubres cómo vivir: “hay que vivir al paso”. Poco a poco interiorizas la experiencia, yo todavía estoy asimilando, pero ya has comenzado a luchar por el cambio social y no puedes parar ahora, buscas cómo puedes seguir contribuyendo, en mi caso con voluntariado, en un centro de apoyo al menor, pero te sientes desubicada. Como pude ver en el pasado encuentro de voluntarios, no sólo me pasa a mí y eso me reconfortó, pues una parte de nosotras siempre estará allá. Como digo a menudo “siempre serán mis chicos”.
En definitiva, su vida ha marcado mi vida.
Como fruto de esta experiencia me he hecho voluntaria de Cáritas.









