Uno de los desafíos a los que todo cristiano se enfrenta es hacerse presente entre aquellos que la sociedad ignora, desprecia, se aprovecha, explota… Es lo que el Papa Francisco llama “periferias existenciales” y en las que cada vez habita más gente.
Entre los colectivos que forman parte de esas periferias están aquellos que sufren explotación sexual, casi siempre mujeres, muchas veces menores de edad, que se ven sometidas a este tipo de abusos, en una sociedad que se calla, por miedo, por dejadez, por interés… o por tantos otros motivos que ponen de manifiesto la necesidad de que las cosas cambien.
Para intentar que la situación sea diferente, en 2006, la Confederación de los Religiosos Brasileños (CRB, por sus siglas en portugués), creó la “Rede um Grito Pela Vida”, con el objetivo de combatir la trata de personas. Extendida por casi todos los estados del país, está constituida por 250 religiosos y religiosas de diferentes congregaciones que se articulan en núcleos, intentando así ser una voz profética para la sociedad brasileña.
De hecho, en la sociedad falta esa conciencia que permita combatir este crimen de la explotación sexual y de la trata de personas, también para el comercio de órganos o el trabajo esclavo o en condiciones degradantes, donde se ven envueltos muchos niños y niñas de los llamados países del Sur.
A partir de un trabajo en común con diferentes organizaciones, la red pretende prevenir este tipo de situaciones, realizando una tarea de información con adolescentes y jóvenes, que son las víctimas potenciales. Todo ello a partir de la reflexión y el estudio que ayuden a entender las causas, instruyendo personas que puedan ayudar a combatir la explotación sexual y movilizando a la sociedad para que sea cada vez más sensible a este problema. Además de esto, promoviendo la creación de políticas públicas que puedan ayudar a combatir este mercado del crimen organizado.
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