Historias recientes de la solidaridad del día a día, la que se encuentra a la vuelta de la esquina. Personas que ayudan a otras sin pedir nada a cambio, sólo porque saben que lo pasan mal, porque en un momento se toparon con la necesidad de frente, pusieron cara al desempleado que acabó en la calle o a la familia a la que las cuentas no le salen, por mucho que sumen con los dedos una y otra vez. Vieron en sus barrios lo que mostraban las televisiones y los periódicos. Y actuaron.
La suerte de Juan tiene nombre de mujer: Cristina Irina. Y un nexo de unión también femenino: la perra Ronda. “Venía de la manifestación en Gran Vía para salvar al Toro de la Vega, cabizbaja porque no pudimos hacer nada por el toro ‘Rompesuelas’ cuando, de repente, vi en una calle una cosita peluda enroscada. Me acerqué y era Ronda con Juan. Le pregunté que si necesitaba algo para la perra, que estaba súper bien cuidada, pero vi que quien necesitaba ayuda era él. No me veía, dormía en la calle y comía gracias a la caridad de la gente. Contó que se tenía que operar del ojo, los tenía muy mal, ensangrentados, y que estaba muy preocupado por Ronda, por lo que pasaría con ella cuando él entrara en el hospital”.
“Creamos un evento en Facebook para contar el caso y buscar a alguien que acogiera a la perra. Salió una familia, pero nos dejó plantada y, al final, me la llevé yo”. Y continúa Cristina con la vista atrás: “Esa misma noche le pagamos un hostal a Juan, para que pudiera descansar y ducharse, pero los dolores del ojo eran tan fuertes que a las dos de la madrugada tuvo que llamar a una ambulancia. Aunque no le hicieron mucho caso en el hospital”. A partir de entonces, la gente que conoció la historia en las redes sociales empezó a donar dinero para que tuviera comida y ropa, y recaudaron para el alquiler de una habitación que una señora le dejaba por 160 euros.
Ahora, cuatro operaciones del ojo después y a falta de una quinta, sin nada de visión por culpa de un glaucoma en el derecho y con muy poca vista en el izquierdo y con un 85% de minusvalía reconocida, Juan ha cambiado el soportal del banco BBVA, donde dormía en un saco de dormir sobre cartones, por un estudio de 300 euros, que le ayudan a pagar porque él cobra una renta mínima de 300 y poco. Y su alegría es que esta semana empieza un cursillo de la ONCE, con la esperanza de que le den trabajo. “No bebo, no tengo vicios, soy honrado y lo único que quiero es trabajar, de lo que sea”.
Suplica Juan, que en Rumanía era cocinero en la Marina Militar y fue profesor de piano y en España trabajó en la construcción en Benidorm, Elche, Alicante… “Hasta que las cosas se torcieron con mis ojos y con la crisis y me vi en la calle en 2013”. A sus 51 años reconoce que Cristina “es mi familia y estoy muy contento por eso y por tener una casa. Lo primero que haría con mi primer sueldo sería invitarla a una paella”. Él ríe y ella se emociona.
El nuevo trueque
Desde Rivas, uno de los 100 municipios más ricos de España, varias mujeres cuentan cómo se ayudan unos a otros. Todo comenzó con el Banco del Tiempo (proyecto de lo que luego se convirtió en la Asociación Intertiempo de Rivas) y cuya única moneda es el tiempo. Lo explica Toñi de la siguiente manera: “Es una filosofía, hacer barrio, ofrecer servicios entre vecinos, personalizar las necesidades”. En ese grupo consiguieron la flauta para Eva y 200 euros, que tienen guardados para las clases. Sus padres, con trabajos esporádicos, no podían desembolsar los casi 300 euros que cuesta y ella pedía una de segunda mano. La petición saltó sin freno de un móvil a otro y una flauta llegó de Tarragona en perfecto estado. A raíz de ‘la flauta de Eva’, su madre, agradecida, donó ropa que a su pequeña ya no le servía y, por ese gesto, una niña de siete años que vive en las aceras de Las Rozas podrá pasar el invierno más abrigada. Como una cosa lleva a otra, la cadena sigue en marcha.
“Hace tres años, empezamos a ver que aunque en Rivas se está bien, con un nivel de vida aceptable, había personas que lo estaban pasando mal. Personas que hasta ese momento tenían una casa, un coche, pero pasaban penurias. Veíamos en la tele gente buscando comida en la basura y no lo llegabas a creer, hasta que lo ves de cerca. Hasta que le pones cara y descubres que a una usuaria del Banco del Tiempo le habían cortado la luz o que a otra le daban comida sus familiares. Cuando pones cara a la que, dentro de unos meses, si la cosa sigue así, va a ir al cubo de basura, piensas en hacer algo”, cuentan Toñi, Ana, Sara, Cristina y Mamen, todas vecinas del barrio.
“Había vecinos mal pero que no se atrevían a ir a Cáritas, por vergüenza y por pensar que otros lo necesitan más. Tenían un techo pero debían elegir entre pagar la hipoteca o comer. Así crearon la Red de Recuperación de Alimentos de Rivas, llegaron a acuerdos con supermercados para que les dieran la comida que tiraban pero que aún era apta para el consumo, pusieron puntos de recogida de alimentos en comercios amigos y prepararon bolsas para llevarlas a los colegios. “Las directoras de los centros sabían qué niños iban sin cenar, quiénes habían perdido la beca de comedor, qué familias estaban apuradas, y recibían una bolsa de forma discreta, sin que nadie más lo supiera”, señalan.
“Esto no es caridad, es una red. Hoy tú estás ahí y mañana puede ser al revés. Tu situación es muy mala ahora, pero tu dignidad y tu valía siguen estando ahí y es la misma de los que estamos al otro lado. Somos todos iguales y debemos echarnos una mano con lo que podamos”, aclara Toñi.
Al propietario de un restaurante de Santander, se le ocurrió un día cocinar más de la cuenta y sacar recipientes de plástico con el menú diario a la puerta del establecimiento, para que nadie tenga ni siquiera que entrar a pedir ni pararse a contar su situación, y cuya iniciativa ha corrido de boca en boca, de estómago en estómago, se acaban los envases con comida de la puerta todos los días.
El Padre Ángel, de Misioneros de la Paz, reconoce que “los que menos tienen son los que más dan. Dejan de comerse la manzana que reciben para cedérsela al de al lado si creen que lo necesita. Esto está a la orden del día entre los refugiados. Yo lo he visto”.
También lo sabe de primera mano Pepa Fernández, presidenta de la Asociación Amigas del Sur de Cádiz, cuyo lema es ‘A la vuelta de la esquina’, que se ajusta a su práctica diaria. “Recogemos de todo porque vemos que a la gente le hace falta. Damos desayunos a niños, ropa, material escolar…”. ¿Cómo se apañan? “Pues unos jubilados nos han traído esta mañana un carro de comida para los niños, por ejemplo. Y hay mucha gente que me llama todos los días para ver qué necesitamos”, explica. Y reconoce que “sobre todo ayuda gente que va apuradilla, eh, que sabe lo que es la necesidad. Los que saben lo que les puede faltar a otros, colaboran”.
Conscientes de que aún hay personas que necesitan ayuda para comer, el Banco de Alimentos ha preparado una gran recogida para los próximos 27 y 28 de noviembre.. Elena García, de comunicación de la Federación Española Banco de Alimentos confirma que “esperamos superar los 21 millones de kilos recogidos el año pasado. También rebasar un poco la cifra de 106.000 voluntarios que colaboraron en 2014”.










