“Leche, cacao, avellanas y azúcar”. Muchas probablemente recuerden el pegadizo eslogan de los anuncios de Nocilla que durante años hemos visto en las televisiones españolas. Pero en el rítmico estribillo se les olvidaba un ingrediente: el aceite de palma, que supone hasta el 25 por ciento de la composición de este producto. Porque el aceite de palma apenas se ve, apenas se nombra, pero está presente en prácticamente la mitad de los productos que hay en un supermercado, desde alimentos procesados a jabones, velas y cosméticos; es también un producto en auge por su utilización para agrocombustibles.
El aceite de palma es el aceite más consumido del mundo, con aproximadamente un tercio de la producción mundial. Y su impacto no es baladí: ahí están, como una demostración lamentable, las humeantes junglas de Indonesia que cada año sucumben al fuego provocado para limpiar el terreno y plantar, sobre todo, palma aceitera. Los incendios son de tal magnitud que el humo ha llegado hasta el sur de Tailandia, a más de 2.500 kilómetros de distancia, y provocan tal contaminación que el Banco Mundial ha colocado a Indonesia como el tercer emisor mundial de gases de efecto invernadero, a pesar de que es un país considerado pobre.
Junto a Indonesia, Malasia es el otro gran productor mundial de aceite de palma; allí, las plantaciones llevan años asociadas a la esclavitud. El monocultivo es “rentable” gracias al trabajo de los migrantes, que en muchos casos no pueden abandonar el recinto porque sus pasaportes son retenidos. En Indonesia, por su parte, el trabajo lo hacen indonesios, pero a menudo las exigencias en la cantidad de frutos recolectados al día son tan altas que los hijos de los trabajadores están obligados a trabajar en las plantaciones.
El trabajo en la plantación es, además, duro y peligroso. El aceite de palma produce unos frutos rojos carnosos que se apilan en grandes racimos de hasta 40 o 50 kilos, que los trabajadores tienen que recolectar a varios metros del suelo. En algunos casos, se ha denunciado la falta de medidas de protección para los trabajadores que tienen que rociar con químicos las plantaciones como el Paraquat, que ha sido asociados con daños en riñones e hígado. Indonesia y Malasia son desde hace décadas los principales centros de producción, pero la palma africana o aceitera avanza con rapidez en América Latina y algunos países africanos. Sus defensores sostienen que la palma es el camino hacia el desarrollo, gracias a su alta productividad que da mayores beneficios a los propietarios de las plantaciones, pero sus críticos afirman que las consecuencias del monocultivo son igualmente devastadoras para la fertilidad de los suelos y para la supervivencia de millones de campesinos desplazados y despojados.
En Europa no somos ajenos a ello. La industria alimentaria nos ha llevado a consumir aceite de palma todos los días sin saberlo
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