Desde hace 3 años, cada junio un Operativo Médico, procedente de Málaga, va a República Dominicana, en concreto a la zona de Elías Piña para realizar consultas y operaciones a la gente de allí que no tienen acceso y tienen muchas dificultades económicas para poder acceder a la sanidad. El año pasado, en el mes de junio 177 mujeres fueron beneficiarias de este proyecto
- 89 mujeres procedentes de las Comunidades Campesinas próximas a El Valle.
- 27 mujeres de El Llano.
- 61 residentes de Comendador, provincia de Elías Piña. Generalmente se hicieron consultas sobre menopausia precoz, ecografías, exploraciones ginecológicas y también se realizaron citologías de cuello uterino y ligaduras de trompas.Todo esto, sumado a la falta de medios que se cuentan con aquellos lugares.
Qué mejor que alguien que ha vivido esta experiencia pueda contarlo, así que compartimos uno de los testimonios de dos de los médicos, Ángel Hernández y Azucena Molina, que fueron a República Dominicana el año pasado:
“Cajas, cajas y más cajas en un sótano lleno de ilusiones. Así comenzaba a hacerse realidad aquel proyecto del que meses antes el Dr. Leopoldo Burgos me había hablado.
Era la 3ª vez que Leopoldo, Leo para los amigos, emprendía este viaje, un viaje en el que me vi envuelta y del que he vuelto sabiendo que volvería a realizar sin dudarlo en ningún momento.
Nuestro destino era República Dominicana, para ser más exactos Elías Piña, unas de las zonas más desfavorecidas del país, colindantes con el no menos desfavorecido Haití.
Muchas cajas llenas de medicamentos y útiles sanitarios junto con algo de ropa, esos eran los objetos que comenzarían a acompañarnos en nuestro viaje, eso y unos magníficos acompañantes con los que compartiríamos más de 3 semanas de duro, pero gratificante trabajo, mano a mano.
A nuestra llegada al país nos recibió una persona llena de vitalidad y positividad que vivía en Santo Domingo, se trata de la hermana Juana, la que amablemente nos acogió y dio cobijo en su casa con el resto de las hermanas a la espera de la siguiente etapa de este viaje. Se encargaron de enseñarnos la ciudad y mostrarnos el verdadero Santo Domingo y no el que nos enseñan en los panfletos publicitarios de las agencias de viaje. Allí pudimos comenzar a introducirnos en su cultura y que mejor manera de hacerlo que empezando a probar la comida tipa de allí después de más de 9 horas metidos dentro de un avión.
Sin apenas tiempo de habernos recompuesto del viaje en avión tenemos que volver a recoger todos nuestros bultos y ponernos en marcha a nuestro destino.
Bien temprano por la mañana, con el canto de los gallos, nos despertamos y ya teníamos allí nuestro transporte hacia el siguiente lugar. Una furgoneta tipo ranchera que nos acompañaría durante el resto del viaje y en la que pasaríamos buenos ratos. Furgoneta conducida por un joven muchacho de nombre Albert con el que durante el viaje fuimos tomando tanta confianza que terminamos llamándolo cariñosamente “Wifiman”, ya que él se encargaba de darnos internet para podernos comunicar con nuestras familias mientras íbamos en el coche.
El viaje se hacía pesado ya que las carreteras de este país no son autovías de 120 por hora, de hecho yo diría que como mucho eran de 30 por hora o por lo menos así de lento me parecía que iba a mí porque se me hacía eterno. Durante el viaje hicimos una pequeña parada en un pueblecito de cuyo nombre no me consigo acordar, en el que descubrimos que hay más clases de mangos que días tiene el mes.
Por fin llegamos, un pequeño pueblecito humilde, de casas coloridas, de 1 planta como mucho, con una baja calidad de construcción pero bonitas por su gran variedad de colores.
Este pueblecito llamado El Llano se iba convertir en lo que podríamos llamar nuestra base principal. Allí nos acogerían de agrado dos hermanas, Isabel y Yomi, que se encontraban en la zona desempeñando una labor de ayuda a las personas con menos recursos proporcionándoles educación.
Visitamos un poquito el pueblo y sin tiempo para más nos fuimos a la cama expectantes a que nos depararía el día siguiente.
Nos levantamos y nos montamos en la parte trasera de nuestra ranchera que nos llevaría durante todos los días desde nuestra estancia al hospital.
Si no me lo hubiesen dicho al verlo por fuera no hubiese pensado que era un hospital. Un edificio pequeño, provisto de escaso material, con una dudosa higiene, pero mirabas a tu alrededor y te dabas cuenta de que dada la pobreza que había no podíamos esperar otra cosa.
Bueno, fuese mejor o peor el hospital nosotros estábamos allí para intentar hacerlo lo mejor posible y ayudar al máximo número de mujeres con sus problemas ginecológicos.
Nos anunciaban por la radio, cosa que me resultaba graciosa. Comenzamos a nuestra labor.
Los primeros días de hospital más que ver paciente nos dedicamos a organizar todo el material que habíamos traído con nosotros. Esas mismas cajas con las que comenzaba nuestra historia y que ahora se hacían tediosas de organizar.
Después de estos días, que podríamos llamar de puesta a punto, las mujeres comenzaron a llegar a nuestra atención y el personal de nuestro hospital nos empezaban a tener en cuenta. Al empezar a funcionar las consultas y el equipo del hospital surgieron las primeras cirugías, cirugías importantes que se realizaban con los recursos de lo que disponíamos.
Realizamos multitud de cirugías, desde una cesárea a una mujer que no podía parir de manera natural, hasta una ligadura de trompas a una mujer que no deseaba tener más descendencia, pasando por histerectomía a mujer con problemas de sangrados incontrolables. Labor que hubiese sido imposible realizar sin la necesaria ayuda de las anestesistas, María del Mar y Rocío, que ejercieron su trabajo con los mínimos recursos de los que disponían, como aquel respirador que al irse la luz nos les quedaba otra que utilizar el ventilador manual.
Un gallo cantando, un lavado rápido de cara, algo de desayunar, subirnos en el cajón de la ranchera e ir al hospital, esa fue nuestra rutina de la semana durante los días que estuvimos allí.
Un día salimos de la rutina y precisamente fue de los que con más sorpresa recuerdo es el día de visitamos El Valle, un lugar en la profundidad del país, azotada terriblemente por la pobreza, viendo niños trasportando cargas que probablemente duplicasen su peso o dirigiendo un burrito sin apenas saber ni hablar. En este lugar atendimos a mujeres que atraídas por nuestra visita habían andado más de 10 kilómetros por esos áridos terrenos en busca de una simple tableta de paracetamol, algo que nosotros solo tenemos que andar unos pocos pasos hasta la farmacia más cercana. Fue un día intenso en el que no paramos de ver mujeres en todo el día y del que nos fuimos con sabor agridulce de boca al ver todo lo que quedaba por hacer.
Algunos de nuestros compañeros se decidieron a cruzar la frontera con Haití. Ese día fue una gran aventura. Allí teníamos un contacto con el que habíamos quedado para ayudar a algunas pacientes seleccionadas de esa zona. El día transcurrió con una relativa normalidad hasta el momento del regreso. Se hizo un poco más tarde de la cuenta y el cielo se mostraba amenazante. Durante el camino de regreso a deshoras comenzó a llover de manera imponente, retrasándolo de tal manera que al llegar la frontera el paso para vehículos se encontraba cerrado viéndonos forzados a tener que abandonar el vehículo y saltar la valla que actúa a modo de frontera. Ahora se encontraban al otro lado pero sin nadie que los pudiese llevar de vuelta a casa. Menos mal que nuestra querida Yomi comenzó a hacer llamadas a unos y otros consiguiendo que viniesen con una furgoneta a recogernos a la frontera para devolvernos a nuestro deseado hogar.
Tras estos días en un lugar que la mayoría de la gente piensa paradisiaco, con playas de fino grano y pulseritas de todo incluido llego la hora de coger un avión y regresar a España sabiendo que en esa casita de El Llano se quedaban unas personas que seguían luchando día a día, además de una parte de nuestro corazón que nos hará recordar esto eternamente.
Muchas experiencias vividas, muchas personas conocidas, muchas gente a la que hemos operado, mucha gente a la que hemos ayudado con sus problemas médicos, muchas las cosas que aún quedan y que se podrían hacer para ayudar a estas personas, pero sabiendo que quedan personas como mis compañeros de viaje que intentan aportar su granito de arena para hacer del mundo ya no un lugar mejor, sino un lugar más justo para todos y que no sea el azar de nacer en una familia u otra la que marque tu destino.
Sabemos que en la sociedad actual es algo que algunos llamarían utópico pero es algo que todos deberíamos intentar, y para lo que no hace falta viajar a países lejanos azotados por la pobreza, sino simplemente mirando a nuestro alrededor y siendo capaz de ver dentro de las personas y no solo su aspecto o estatus social.
Hacer una mención especial a Leo Burgos por haber tenido la fé y valentía para haber emprendido este proyecto.
A Amaya por haber formado parte de esta aventura, aportar su experiencia como ginecóloga y todos esos buenos ratos juntos.
A María del Mar y Rocío porque un cirujano sin anestesista tiene pocas cosas que operar y además de por eso, por haber favorecido un ambiente de amistad entre todos.
Agradecimientos también a FASFI y CARITAS porque sin ellos no hubiese sido posible.”









