CHAD. Población: 12.948.000 h. Muertes maternas por cada 100.000 nacidos vivos: 1.100
Diario de un pediatra mallorquín en Chad
Hace muchísimo calor y no hemos dormido bien. Son demasiadas cosas las que suceden a lo largo del día. A veces es como si estuviéramos dentro de una película. Al llegar la noche el cerebro te pide desconexión, pero ayer no fue del todo posible. Teníamos cinco tétanos neonatales ingresados hace dos días. Ahora solo nos quedan tres. Y no precisamente porque hayamos dado el alta a los otros dos.
Nos llaman sobre las 23.00 horas porque uno de los bebés tiene apneas (paradas respiratorias). Al llegar, el calor de esa habitación es
insufrible. Es enfermero está empapado en sudor y ya ha empezado la reanimación. Sobre nosotros empiezan a caer decenas de insectos de la lámpara que apenas ilumina la escena. Estas apneas son debidas a las intensas contracciones musculares que sufren estos bebés a pesar del tratamiento.
Hay que recordar que el pronostico de estos pacientes en una UCI neonatal como toca es nefasto en la mayoría de casos. Así que imaginaos aquí, donde no disponemos de ventilación mecánica asistida, ni de monitores ni del personal requerido. Os puedo asegurar que lo intentamos todo, pero aun así perdimos la batalla.
Después de entregar el cuerpecito del bebé a sus padres, escuchamos la voz de sor Elisabeth desde el paritorio. Os recuerdo que ella es la única médico disponible aquí cuando no hay cooperantes. Nos asomamos y no damos crédito a lo que sucede. Sor Elisabeth está dándolo todo para sacar el bebé de una madre primeriza que ya está sin fuerzas para empujar. La monja tira con todas sus energías de la cadena del fórceps. Sí, he dicho cadena. Mientras sor Elisabeth estira y estira, un enfermero se sube sobre la camilla, con la cabeza de la paciente entre sus pies descalzos, y empujando con todo su cuerpo sobre la parte baja del tórax. Está realizando una maniobra llamada Cristalier. Una técnica peligrosa, con alto índice de fracturas de costilla, bazo o útero.
Con la Cristelier se consigue que salga la cabeza del pequeño, que viene con una vuelta del cordón umbilical. Después de cortarlo, sor Elisabeth hace un último esfuerzo y con voz temblorosa grita “¡ya esta aquí, parece que esta vivo!” . En ese momento la doctora Reina Lladó y yo ya nos hemos puesto los guantes y nos acomodamos en el espacio que queda entre las piernas de la parturienta y otra chadiana que acaba de parir y ahora está expulsando la placenta a escasos centímetros de nosotros.
Colocamos al recién nacido en la mesa de metal donde van los instrumentos, le inyectamos directamente adrenalina y bicarbonato en la vena del cordón umbilical mientras nos traen el ambú para insuflarle aire. El olor a sangre, el calor y la humedad quedara en mi recuerdo para siempre. Como también lo hará el coraje de esta mujer movida por el amor a Dios. Hoy, mientras pasábamos planta, ha venido a vernos con el recién nacido en brazos, para mostrarnos, orgullosa y sonriente, el resultado de su esfuerzo titánico la noche anterior.
Para la reflexión, acción y oración
Aproximadamente una mujer muere cada minuto en el mundo como resultado de las complicaciones durante el embarazo o el parto. Más de 500.000 al año. El 99% de esas muertes se producen en “países en vías de desarrollo”.
Reducir la tasa de mortalidad materna, al menos en sus tres cuartas partes, antes del 2015, es uno de los Objetivos del Milenio que, además, se encuentra recogido en el artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: «La maternidad y la infancia tienen derecho a cuidados y asistencias especiales». La salud de una niña, una mujer o una madre es, con frecuencia, la salud de un bebé, de varios, de una familia entera.
Por aquellos días salió un decreto de César Augusto para que se empadronara todo el mundo. Todos iban a empadronarse, cada uno a su ciudad. También José, por ser descendiente de David, fue desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, para empadronarse con María, su mujer, que estaba encinta. Y sucedió que mientras estaban allí se cumplió el tiempo del parto y ella dio a luz a su hijo primogénito. José envolvió en pañales al niño y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio en la posada. Después, con lágrimas de impotencia, enterró a María, que, como tantas mujeres, había muerto en el parto por falta de la más elemental asistencia sanitaria. (Esto no es Palabra de Dios)
ORACIÓN
Padre,
tú que quieres que todos tengan vida,
¡cómo debes de sufrir al ver a tantas mujeres
perder su vida en el momento de alumbrar una nueva vida!
Haznos sensibles a este sufrimiento
y no nos dejes descansar hasta que todas las madres
puedan dar a luz convenientemente atendidas.









