En República Dominicana se nos abrió una puerta y nos sentimos en nuestra casa, con nuestra gente. Al son de Juan Luis Guerra, “vivirán en nuestro recuerdo como un simple aguacero de estrellitas y duendes”.
Parece mentira que hace más de un mes que hemos vuelto. Después de haber saboreado lo que hemos vivido allí, es hora de hacer una reflexión de esta maravillosa experiencia.
Nosotras estamos aquí, pero nuestros sentimientos siguen por aquellas tierras y con aquellas gentes. Íbamos expectantes, con miedos, incertidumbres, pero también cargadas de ilusiones. Nada más llegar, esos miedos e incertidumbres se acabaron, gracias a la gran acogida de las Hijas de Jesús, y la ilusión iba creciendo a medida que conocíamos a la gente. Es muy difícil expresar con palabras lo que hemos vivido allí: acogida, entrega, disponibilidad, sencillez, alegría, solidaridad, ternura, esperanza, gratitud, paciencia,… Hemos aportado mucho: ilusión, cariño, trabajo, esfuerzo físico, escucha…pero sin duda hemos recibido mucho más de ellos. Nos han enseñado que la vida es mucho más que tener, que saber…y siempre compartiendo. Con la casa llena de gente; gente que nos ha hecho crecer, llenándonos de VIDA, queriéndonos y dejándonos querer.
“Bendito el lugar y el motivo de estar ahí”
Y aunque parezca que lo que más se ve son nuestras diferencias, en realidad hemos descubierto que hay más cosas que nos unen frente a las que nos separan, sobre todo cuando disfrutamos de los pequeños detalles de la vida: conocer gente nueva, aprendernos sus nombres y que se sepan los nuestros, cantar canciones que todos sabemos, perfeccionar nuestros bailes, aprender juegos nuevos, saludar a los vecinos, visitar a nuestros amigos, acompañarnos a casa, ayudarnos a lavar la ropa o a llenar el agua, reír con un buen chiste, llorar ante una despedida…
“Vivirán en nuestros sueños como tinta indeleble, como mancha de acero”
Sí, con ellos hemos sentido la VIDA en su plenitud. Ha sido un enriquecimiento mutuo donde se siente, se toca, se palpa el Carisma de la Madre Cándida que, junto con el Dios de la Vida, ha estado siempre presente en toda nuestra experiencia gracias a la impresionante labor de las Hijas de Jesús y de FASFI por esta tierra caribeña.
Al fin del mundo…volveríamos. De allí nos hemos traído un gran tesoro: la amistad; pero también hemos dejado otro: parte de nuestro corazón.
Y ahora, el comienzo del nuevo curso se nos hace difícil, y “no encontramos un corazón que nos sepa acotejar”, se remueve nuestra tranquilidad interior, notamos un cambio en nosotras y también la confirmación de lo que somos. Nos encontramos con la gran tarea de trasladar al día a día todo lo vivido y con la responsabilidad de seguir trabajando para contribuir a erradicar la injusticia social. Somos conscientes de que no es sencillo, pero hemos aprendido que al ponernos a la altura de los más pequeños, nos hacemos más cercanas y todo es más fácil. Quizás este pueda ser nuestro primer paso…
“Bendito Dios por encontrarnos en el camino”
Clara y Diana- Salamanca – Voluntarias FASFI 2011








