Hace unos dos meses que regresé de Bolivia, exactamente el tiempo que pasé allí, y donde, desde mediados de septiembre hasta mediados de noviembre, estuve rodeada de unas personas maravillosas.
Era mi primera vez en América Latina, por lo que antes de partir, estaba nerviosa por descubrir cómo iba a ser mi estancia allí, qué personas iba a conocer, qué lugares vería o cómo serían la cultura y la comida boliviana. Sin embargo, mis nervios desaparecieron en cuanto subí al avión y conocí a gente simpatiquísima procedente de este país.
Al llegar a Bolivia, las Hijas de Jesús me esperaban en el aeropuerto para llevarme a la casa provincial de Cochabamba. Transmitían una bondad, una alegría y una tranquilidad que recuerdo como si estuviera allí ahora. Conocerlas a todas fue un lujo, pues me hicieron sentir en casa, como si nos conociéramos de toda la vida. Me gustaría destacar y agradecer a mi querida Teresa Ribot, amiga de mi tía abuela Candelas (Hija de Jesús) y que fue la persona que me llevó hasta allí.

Todas ellas habían estado esperándome desde que les comunicaron que iba. Me acogieron con los brazos abiertos, una gran sonrisa y… un buen desayuno para que nos pudiéramos sentar todas juntas a conversar.
Si tuviera que decir una primera cosa que me llevo de Bolivia en el corazón, serían todas las historias que he vivido, pero también y, sobre todo, las que he escuchado. Todas las Hijas de Jesús tenían aventuras tan bonitas que compartir y que relataban con tanto cariño, que podía pasar horas conversando con cada una de ellas. Además, siempre les agradeceré su predisposición para enseñarme a tejer, prestarme libros, enseñarme comidas típicas, y simplemente, para preocuparse por mí y porque estuviera cómoda y feliz.
Ya en el internado de Buen Retiro, conocí a unos chicos estupendos. He de reconocer que acercarme a ellos se me hizo un poco más duro al principio. En primer lugar, porque son adolescentes y, en segundo, porque hemos tenido vidas tan diferentes que a veces se dificultaba encontrar el punto de unión.
Con el tiempo, fui manteniendo más conversaciones con ellos, comencé a ayudarles y ellos ponían más confianza en mí para hablar y que les aconsejara. Parece que dos meses son mucho tiempo, pero como se suele decir, el tiempo vuela, y cuando el voluntariado llegó a su fin, no había tenido tiempo de acercarme por igual a todos los jóvenes, aunque a todos ellos los recuerdo hoy con muchísimo cariño, y especialmente a aquellos que más pendientes estuvieron de mí y que percibía que más disfrutaban con mi compañía.




Allí me sentí muy querida y valorada y, durante dos meses, agradecí que mi única preocupación fuera compartir el momento con los que me rodeaban. Desde que nos levantábamos a las 6.00 am había muchas cosas que hacer (es de destacar el trabajo que hacen entre las cinco Hijas de Jesús que están en el internado: Nancy, Fuencisla, Santuza, Rommy y Lucy, para responsabilizarse de los 48 niños), aunque siempre me permitía el lujo de disfrutar unos minutos de las maravillosas vistas de mi habitación en el segundo piso: unas montañas inmensas que se iban descubriendo con el amanecer de colores. A las 6.20 am estábamos en la capilla orando, para acto seguido proceder a limpiar las instalaciones antes del desayuno. A las 8.00 am todos iban al colegio, y yo con ellos si tocaba clase de matemáticas, durante la cual ayudaba a la profesora Margot.
Al acabar la mañana, comíamos, unos días las hermanas y yo, y otros en el comedor con todos. Nada más terminar, era momento de tareas y tiempo libre. Los chicos no paraban quietos hasta la cena y luego, oraban de nuevo y a descansar. Esa rutina, que puede parecer aburrida o un habitual para mucha gente, era clave para estos chicos que no siempre habían disfrutado de una tranquilidad que les permitiera realmente actuar como niños, estudiar y jugar. Muchos de ellos venían de pueblos alejados, sin luz ni agua corriente, donde día a día ayudaban a sus padres con el mantenimiento del hogar. Como decía, esa rutina y ese espacio se convertían en su vida y su casa durante unos meses, abriéndoles así grandes posibilidades para su futuro.
Bolivia es definitivamente un país maravilloso. Los paisajes eran increíbles, desde Cochabamba y alrededores, lo que según me dijeron era conocido como “la zona de la eterna primavera”, hasta Potosí y el Salar de Uyuni.
Tuve que marcharme con las ganas de visitar más lugares como Santa Cruz, La Paz o Sucre, pero no pudo ser puesto que mi misión era otra y por, cabe mencionar, las penurias que afronta el país por el nefasto régimen político. Ojalá poder cambiar ese detalle. Así mismo, me encantaban las comidas y la cultura en general.
Probé todo lo que pude, incluidos los picantes, aunque destacaría la sopa de maní y los helados artesanales, y tuve la suerte de acompañar a las hermanas a dos bodas o a las fiestas de varios pueblos, y al padre Hugo a pueblos cercanos de la montaña y misas que debía oficiar en el territorio. Conocí el quechua y alguna otra lengua nativa como el aymara, vi los trajes, los bailes, y hasta viví allí el día de los muertos (que tan famoso es en Latinoamérica) y mi cumpleaños.
Tengo tantos recuerdos de mi estancia allí, que me es imposible posar todo en este escrito.
Simplemente y, para resumir, me gustaría concluir diciendo, que los recuerdos acumulados allí no los olvidaré jamás, que volveré a ir cuando pueda, que me ayudó a abrir la mente el hacer este viaje al acabar la carrera y antes de empezar a trabajar y que ojalá pudiera reencontrarme pronto con todos los que conocí allí.
Me despedí envuelta en lágrimas al sentir que no nos veríamos al menos en un tiempo, y es que he dejado un trocito de lo que ahora forma parte de mí en Bolivia, aunque tenga el corazón lleno y esas lágrimas fueran también de alegría por todo lo vivido.







