Me dirigí a todas las cosas que rodean las puertas de mi carne:
“Habladme de mi Dios, ya que vosotras no lo sois. Decidme algo de él”.
Y me gritaron con voz poderosa: “Él es quien nos hizo”.
Mi pregunta era mi mirada; su respuesta era su belleza.
¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé!
El caso es que tú estabas dentro de mí y yo fuera.
Y fuera te andaba buscando y, como un engendro de fealdad,
me abalanzaba sobre la belleza de tus criaturas.
Tu estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.
Me tenían prisionero lejos de Ti
aquellas cosas que, si no existieran en Ti, serían algo inexistente.
Me llamaste, me gritaste, y desfondaste mi sordera.
Relampagueaste, resplandeciste, y tu resplandor disipó mi ceguera.
Exhalaste tus perfumes, respiré hondo y suspiro por Ti.
Te he paladeado, y me muero de hambre y de sed.
Me has tocado, y ardo en deseos de tu paz”
(San Agustín, Confesiones)








