Laura es voluntaria de Cáritas. Desde luego, y demuestra el movimiento andando. Este año 2014, pasó cinco meses, como colaboradora en un programa de cooperación con La “Fundación Ayuda Solidaria Hijas de Jesús” en una de las zonas más pobres de Centroamérica, entre la República Dominicana y Haití. “Fue una experiencia muy enriquecedora, pero también muy frustrante“, asegura, al echar la vista atrás. Laura no se rinde: “Tenemos que ser críticos con nosotros mismos. Lo fácil es hablarlo con una caña en el bar; en nuestras manos está ayudar. Le diría a quien esté pensando en participar en programas de voluntariado que prueben, que se dé una oportunidad a sí mismo”, insiste esta trabajadora social, que tiene las cosas muy claras. También lo que le aporta su apoyo altruista al Centro:
“Siempre recibes más de lo que das”.
Como respuesta a lo vivido:
Acude, de manera habitual, al Centro de Apoyo al Menor de la calle Argentina, habla sobre su experiencia personal y narra lo “gratificante” que es para ella colaborar, de forma altruista, con aquellos que necesitan ayuda.
Laura no ha escapado de la crisis. Es trabajadora social y músico profesional, la trompa es su especialidad. Pero no tiene trabajo. Como muchos jóvenes en España, posee una formación envidiable y, aun asi, insuficiente, en los tiempos que corren, para encontrar un empleo. Pese a encontrarse lejos de vivir en una situación idílica, esta zamorana también es voluntaria. Al menos tres días a la semana, acude al Centro de Apoyo al Menor de Cáritas situado en la calle Argentina, en el barrio de Los Bloques. Allí, presta su ayuda desinteresada a los niños de entre 6 y 16 años que, cada día, luchan por salir adelante contra las adversidades.
Para ella, esta labor es un proceso de “toma de conciencia” con la sociedad: “No me vale la excusa de la crisis. Hay que mirarse a uno mismo y ver que hay gente que está mucho peor. Siempre puedes ayudar“, explica Laura, ante la atenta mirada de Tamara, la responsable de un Centro que, cada día, presta un servicio de ayuda integral a los más de 40 niños, sin recursos y con escaso apoyo familiar, que acuden a sus instalaciones: “Al principio, pensé en colaborar con asociaciones de inmigrantes, pero pregunté dónde era más pertinente mi ayuda y vine aquí. De verdad, se necesita”, afirma la voluntaria.
La situación de los pequeños supone un ‘shock’ inicial para los principiantes: “El inicio cuesta. Es otro mundo distinto. Pero después engancha. No sabría explicarlo“, narra la responsable del Centro que, en su día, también ejerció como voluntaria.
Por las paredes y las salas del Centro, se observa el rastro de los niños y niñas. No dista mucho del aspecto que presentaría un colegio: Dibujos, carteles, mesas y sillas distribuidas para acoger a los distintos grupos, frases y normas que aprender; no en vano, una parte importante del tiempo que pasan en este lugar lo dedican a afianzar los conocimientos que aprenden en el colegio o en el instituto: “Con ellos y ellas, se notan los cambios. Consigues logros. Para mí, es una forma de vida”, asevera Laura.
“Siempre recibes más de lo que das”.








