Hoy se cumple seis meses de la elección del Papa Francisco, toda la familia FASFI reza y pide oraciones para este testigo del evangelio y guía de la Iglesia y de todos los hombres de buena Voluntad.
Bondad y humanidad, claves de su nueva forma de ejercer el papado
Un resumen del artículo de José Manuel Vidal en Religión Digital.
En seis meses reorientó el timón de la barca de Pedro.
¿En qué consiste el nuevo estilo “franciscano” del primer Papa jesuita de la historia?
Este nuevo estilo papal pasa por tres coordenadas precisas y concretas: tiempo, espacio y gobierno.
El tiempo del Papa Francisco. Su tiempo es para los fieles, a los que mima, quiere, abraza, con los que se mezcla y comparte y a los que habla, no desde la cátedra, sino desde el púlpito. Con una comunicación de masas e individualizada. Mira a los ojos de las personas que lo saludan y llama por teléfono a personas concretas, con nombres y apellidos. Relación directa y cálida de un Papa que encarna como nadie la Iglesia “madre”.
Francisco ha dejado la cátedra del magisterio extraordinario y definitivo (excepto la publicación de la encíclica ‘Lumen Fidei’, obra de Ratzinger, firmada por Bergoglio, en un signo elocuente de humildad y de deferencia), para pasarse al púlpito del Papa párroco. Éste es un Papa que pasa su tiempo predicando. Desde por la mañana, en su homilía de la misa diaria en la capilla de Santa Marta. Y predica con todo su cuerpo: palabras y gestos.
Un Papa que dedica su tiempo a hablar sobre una lista precisa de temas: pobreza, perdón, colegialidad, santidad, comunión, ternura de Dios, misericordia, esperanza, amor, salir a las fronteras existenciales, no tener miedo al Dios que siempre perdona y siempre nos “primerea”.
Y, cuando predica, lo hace a la manera de un cura de pueblo, que conoce perfectamente a sus “ovejas” y comparte con ellas sus alegrías, sus penas, sus miedos y sus esperanzas. No pontifica, no pretende tener la última palabra sobre todo lo que dice. Sólo pretende abrir un nuevo tiempo: el tiempo del diálogo fraterno. A fondo, sin condiciones y, sobre todo, sin imposiciones.
El nuevo estilo del Papa se basa, asimismo, en su novedosa utilización del espacio, escenificado simbólica y realmente en el “abandono” del Palacio pontificio. El llamado “Apartamento” papal se ha quedado vacío y Francisco sólo utiliza alguna de sus estancias para las recepciones oficiales de personalidades. El Palacio vacío, reconvertido en oficina ocasional simboliza un cambio de ciclo y de era.
Decisiones de gobierno tomadas sin prisa pero sin pausa. Sin prisas, como buen estratega jesuita, que mide los tiempos, para no crearse más enemigos de los imprescindibles. Pero sin pausa, consciente de que sus primeras grandes decisiones marcarán el rumbo de su pontificado. Sabedor de que lo que no haga en su primer año de pontificado le costará mucho más hacerlo después. Y consciente de que su pontificado (por ley de vida) no será largo, pero no por eso tiene que ser precipitado.
Empapado de bondad y de humanización
El nuevo estilo de ser papa que inaugura Francisco está anclado en la bondad y en la humanización. Un Papa que es y se presenta como humano y como bueno. Por eso, entre tras cosas, evoca a Juan XXIII, el Papa Bueno. Porque, como dice Mark Twain, “la bondad es el idioma que el sordo oye y el ciego ve”. O como señala, el teólogo José María Castillo, “lo que más me llama la atención del Papa Francisco es su bondad. Una bondad que no se predica, ni se enseña, ni se impone. La bondad se contagia. El que es bondadoso crea un clima de bondad. Y eso cambia la vida. La de uno. Y la de los demás”.
La bondad de un testigo del Evangelio, humilde y humano. Un Papa tan humano que se acerca a la gente, habla con ella, se interesa por sus problemas; abraza y se deja abrazar, toca y se deja tocar; interactúa y se expone; juega su papel sin red. Opta por mezclarse con la gente aún a riesgo de pagar el precio de su propia inseguridad. Un precio que asume, como dijo en el avión, a su regreso de la JMJ de Rio de Janeiro: “Gracias a que tenía menos seguridad, he podido estar con la gente, abrazarles, saludarles, sin coches blindados. La seguridad es fiarse de un pueblo. Siempre existe el peligro de que un loco haga algo, pero la verdadera locura es poner un espacio blindado entre el obispo y el pueblo. Prefiero el riesgo a esa locura. La cercanía nos hace bien a todos”.
En clave de bondad y de humanidad, El Papa está abordando las tres tareas prioritarias de su pontificado: cambiar el papado, cambiar la Curia y cambiar la Iglesia. La primera tarea ya está en marcha, desde el mismo momento en que salió a la loggia vaticana y se presentó con un “Buenas noches” como el obispo de Roma y se inclinó ante el pueblo para recibir su bendición, antes de darla.
Reformar la Iglesia
Se trata, como dicen Casaldáliga, Pires y Balduino, tres obispos-profetas brasileiros, de “asumir el Concilio Vaticano II actualizado, superar de una vez por todas la tentación de Cristiandad, vivir dentro de una Iglesia plural y pobre, de opción por los pobres, una eclesiología de participación, de liberación, de diaconía, de profecía, de martirio…”
Entre la mayoría, el estilo de Francisco está teniendo una respuesta ilusionada y sumamente afectuosa. Es un estilo que conforta y consuela a los fieles. Anima a participar en la edificación de la Iglesia a los que habían permanecido a la espera de tiempos mejores.
El estilo papal sirve de ejemplo para muchos curas. Los obispos, por su parte, no tienen más remedio que girar y amoldarse a los nuevos vientos romanos. Es lo que marca la dinámica eclesial antes y ahora. Unos lo están haciendo por acomodación; otros, por conveniencia; pero la mayoría, por convicción, está ya tratando de emular a Francisco. Las claves, las insistencias, los subrayados son ya los del nuevo Papa, rezuman su estilo.
Porque, como dice el prestigioso teólogo jesuita Christoph Theobald, “el estilo es el léxico de la profecía e inspira”. El estilo del Papa Francisco interpela tanto (y a tantos) por ser un paterno magisterio de la bondad, la gramática esencial cristiana y humana que todo el mundo entiende.














