Se cumplen 50 años del histórico discurso de Martin Luther King
Hace medio siglo, Martin Luther King tuvo un sueño. Un sueño de justicia e igualdad, de amistad, de democracia, donde hombres y mujeres, movidos por su fe o sus ideales, contribuyeran en la construcción de un mundo nuevo. Hoy, inmersos en mitad de la crisis económica, y con la catástrofe en Siria a punto de desembocar en un ataque de consecuencias imprevistas, cuando la Tierra dista mucho de ser un rincón en el que vivir felices y en pez, el “sueño” del activista norteamericano sigue estando vivo.
Así lo escribió en el National Catholic Reporter el cardenal de Washington, Donald William Wuerl. “El sueño sigue estando vivo incluso después de 50 años”, afirmó el arzobispo de la ciudad donde Luther King pronunció su discurso.
Con él, en el Lincoln Memorial -recordó Wuerl-, estaba monseñor Patrick O’Boyle, mi predecesor como arzobispo de Washington, que pronunció la invocación y rezó para que los ideales de la libertad, bendecidos por nuestra fe y por nuestra herencia democrática, prevalecieran en el país”. O’Boyle animó a los grupos católicos locales, a las parroquias y a las universidades a que participaran en la marcha del 28 de agosto de 1963, “ofreciendo hospitalidad a cuantos venían de fuera y poniendo carteles con los nombres de las propias parroquias y organizaciones”. “Comprometerse por la justicia racial y social era natural para O’Boyle”, subrayó Wuerl.
Jesús Bastante, 28 de agosto de 2013Cardenal Wuerl: “Honremos su herencia prosiguiendo su trabajo”
DEl DISCURSO de Martin Luther King:
“Tengo un sueño: que un día esta nación se pondrá en pie y realizará el verdadero significado de su credo: “Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres han sido creados iguales”.
Tengo un sueño: que un día sobre las colinas rojas de Georgia los hijos de quienes fueron esclavos y los hijos de quienes fueron propietarios de esclavos serán capaces de sentarse juntos en la mesa de la fraternidad.
Tengo un sueño: que un día incluso el estado de Mississippi, un estado sofocante por el calor de la injusticia, sofocante por el calor de la opresión, se transformará en un oasis de libertad y justicia.
Tengo un sueño: que mis cuatro hijos vivirán un día en una nación en la que no serán juzgados por el color de su piel sino por su reputación.
Tengo un sueño: que un día allá abajo en Alabama, con sus racistas despiadados, con su gobernador que tiene los labios goteando con las palabras de interposición y anulación, que un día, justo allí en Alabama niños negros y niñas negras podrán darse la mano con niños blancos y niñas blancas, como hermanas y hermanos.
Tengo un sueño: que un día todo valle será alzado y toda colina y montaña será bajada, los lugares escarpados se harán llanos y los lugares tortuosos se enderezarán y la gloria del Señor se mostrará y toda la carne juntamente la verá.
Ésta es nuestra esperanza. Ésta es la fe con la que yo vuelvo al Sur. Con esta fe seremos capaces de cortar de la montaña de desesperación una piedra de esperanza. Con esta fe seremos capaces de transformar las chirriantes disonancias de nuestra nación en una hermosa sinfonía de fraternidad. Con esta fe seremos capaces de trabajar juntos, de rezar juntos, de luchar juntos, de ir a la cárcel juntos, de ponernos de pie juntos por la libertad, sabiendo que un día seremos libres.
Éste será el día, éste será el día en el que todos los hijos de Dios podrán cantar con un nuevo significado “Tierra mía, es a ti, dulce tierra de libertad, a ti te canto. Tierra donde mi padre ha muerto, tierra del orgullo del peregrino, desde cada ladera suene la libertad”.
Y si América va a ser una gran nación, esto tiene que llegar a ser verdad. Y así, suene la libertad desde las prodigiosas cumbres de las colinas de New Hampshire. Suene la libertad desde las enormes montañas de Nueva York. Suene la libertad desde los elevados Alleghenies de Pennsylvania.
Suene la libertad desde las Rocosas cubiertas de nieve de Colorado. Suene la libertad desde las curvas vertientes de California.
Pero no sólo eso; suene la libertad desde la Montaña de Piedra de Georgia.
Suene la libertad desde el Monte Lookout de Tennessee.
Suene la libertad desde cada colina y cada topera de Mississippi, desde cada ladera.
Suene la libertad. Y cuando esto ocurra y cuando permitamos que la libertad suene, cuando la dejemos sonar desde cada pueblo y cada aldea, desde cada estado y cada ciudad, podremos acelerar la llegada de aquel día en el que todos los hijos de Dios, hombres blancos y hombres negros, judíos y gentiles, protestantes y católicos, serán capaces de juntar las manos y cantar con las palabras del viejo espiritual negro: “¡Al fin libres! ¡Al fin libres! ¡Gracias a Dios Todopoderoso, somos al fin libres!”






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