Yo estuve allí. En un país fatigado que marcha tal y como lo encontré. Con una atroz salvedad. El terremoto que devastó Puerto Príncipe. Suceso que, si bien, pulveriza y oprime emocionalmente las entrañas, gracias en parte a la banalización de la información y abuso de la emoción, muestra a un país cuya certeza es miseria, fraude y olvido.
Estuve en una provincia dominicana que linda con Haití cerca de un mes. Los dominicanos y haitianos convivían no sin problemas. La pobreza resultaba extrema en gran parte de la población, tanto que sus ingresos nos les alcanzaba para adquirir cualquier alimento básico. Era como si el termómetro que marca el umbral de la pobreza estuviera contaminado allí.
En estos momentos, según leo, todavía se está en fase de emergencia. No de construcción, como debería de ser. Hay más de 250.000 muertos, 800.000 refugiados, el 95% de los “cascotes” no han sido levantados y, lo más flagrante, rige un simulacro de gobierno que obedece a un fraude electoral.
Si bien, la pena dura poco en un país con ganas de vivir; o acostumbrado a sobrevivir… Eso experimenté y eso constato después de hablar con aquellas personas que siguen trabajando allí. HACEN, NO PROMETEN. Hoy, es tiempo para la memoria. Luto y recuerdo a las víctimas. Escribo, con dificultad, mientras recuerdo a Juana, Pepita, María Blanca, María Velasco, Yomarys, Anne, Miguelina… compromiso y, lo que es más importante, presencia física.
Un extraño recuerdo que mezcla tristeza, pena, alegría y aliento.
Alfonso González-Aquiso Madrigal
(Voluntario de Elías Piña, República de Santo Domingo)





