Todo empezó en 2011. La lequeitiana Gorosti Txopitea, comenzó a recoger tapones de plástico para venderlos a una planta de reciclaje y financiar así el bipedestador (aparato que se utiliza en terapias de rehabilitación para facilitar la movilidad) que necesitaba su hijo Ronan.Tras ellos, tomó el testigo Susana Jato, la madre de Iker, de 15 años, que sufría una severa atrofia muscular y necesitaba un aparato similar al de Ronan.
“Para estos enfermos, que están condenados a estar tumbados o a ser ayudados a incorporarse por personas, esto es imprescindible para estar de pie y poder conseguir una mínima independencia”, apunta Ramón Mayo, presidente de la Fundación Seur, que vivió de cerca la campaña promovida por la madre de Iker, cuando ésta les pidió ayuda en la fase final de su iniciativa, de cara a transportar los tapones.
La empresa de logística colaboró con la familia de forma puntual, pero pronto vieron que la iniciativa tenía un enorme potencial. Y así nació Tapones para una nueva vida. “Cada tonelada el reciclador la paga a entre 300 y 200 euros [el precio ha ido bajando en los últimos años]”, explica Mayo. “Puede parecer mucho, o puede parecer poco. Si tenemos en cuenta que una tonelada de tapones ocupa 10 metros cúbicos vemos que es muy poco, pero si observamos que el esfuerzo está desmultiplicado, a razón de una bolsa de tapones que aporta cada día una de las millones de personas que colaboran en la actividad, y, en cambio, se consigue al final una gran ayuda”.
Las subvenciones que reparte la Fundación Seur –en colaboración con la recicladora ACTECO, que es la encargada de transformar los tapones–, están destinadas a financiar tratamientos médicos o aparatos ortopédicos no reglados en el sistema sanitario para niños que no cuentan con los recursos necesarios para obtenerlos.
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