Más allá de las Noticias del Telediario
Al despedirme de Esteban Velázquez, sj, ayer, le dije: “Me llevo una experiencia de las que tocan fuerte”. Él me contestó: “interiorízala”. Y eso es lo que pretendo hacer en este tiempo aunque me haya puesto a contarla cuando tan sólo llegué anoche. Y es que siento eso de ¡Ay de mí, si no evangelizare…!
Cuando la avioneta en la que iba aterrizaba en Melilla pensaba lo fácil que era para mí el llegar al lugar que otros muchos lo tienen negado, a tanta gente como se amontona en el entorno de Marruecos con ese fin: llegar a Melilla o a las costas de Andalucía con la esperanza de una vida mejor.
Pasé la frontera andando y me sumergí en un mundo de hombres y para hombres, ellos ocupan las plazas, las calles, los zocos. La presencia de la mujer es escasa, y cuando te la encuentras está tapada. Me sumergí también en un mundo de pobreza y desigualdades.
De todos mis contactos en esta semana y del mucho asomarme a otras realidades tan diferentes, sólo me voy a referir al trabajo que realiza la Delegación de Migraciones de Nador. La sede, multifunciones, está ubicada en la Parroquia, una especie de misión que acoge a todos los que allí se acercan con deseos y preocupación por lo que ocurre: esa concentración de emigrantes subsaharianos que se refugian en sus bosques o en el monte gourougou, como lugar de tránsito pero que se convierte en muchos casos en un estado de vida.
La Delegación de Migraciones la preside Esteban, un jesuita que hace tres años se hizo cargo de ella por deseo de Mons. Agrelo, obispo de Tánger y cuyas denuncias sobre la situación ha alarmado a muchos y sensibilizado a otros. Y encontró en Esteban al hombre carismático y valiente que se ha entregado a humanizar, en lo que cabe, la situación que allí se vive. Otras soluciones, de concienciación y denuncia profética, también las hay.
He acompañado en estos días, a los miembros de la Delegación, que son siete, en su trabajo que no tiene horas ni concesiones personales. Me subí un día a una furgoneta, trabajo que se realiza a diario, con tres miembros de la Delegación rumbo al asentamiento de Bolingo, donde hay varios campamentos de refugiados en los bosques. En algunos de ellos trabaja la mafia nigeriana en tráfico de personas y trata de mujeres.
Se suelen comunicar con la Delegación por medio de un teléfono para cuestiones de salud. Este asentamiento al que fuimos está a 31 kms. de Nador. Después de transitar por caminos intransitables llegamos a un lugar en el que nos esperaba un grupito de personas. Antes habíamos dejado en el hospital a otro miembro de la Delegación donde visitan diariamente a los que han quedado heridos después de intentarlo.
En ese momento subieron a nuestra furgoneta 6 personas que se instalaron hasta en el maletero. Dejamos a dos mujeres embarazadas que nunca habían pasado control de nada, aunque estaban a punto de dar a luz, en un Centro de Salud para que les hicieran una ecografía, a otro lo llevamos a urgencias, otras al dentista y nos dirigimos a otro asentamiento con el fin de repetir lo mismo. Luego nos tocaría el trabajo de recoger y devolver. Son de Camerún, Mali, Congo…casi todos los países del África subsahariana.
En el monte Gourougou hay más de 1000 emigrantes siempre dispuestos al salto. No tienen nada, sólo deseo de huir. Algunos pueden llevar hasta 10 ó 12 años intentándolo. En la Delegación nunca saben cuando un nuevo intento se va a producir. Ellos acuden a recoger a los que han quedado heridos, para llevarlos al hospital o para cuidar y lavar, como el samaritano, sus heridas. Aunque hay heridas que no se pueden sanar, las de la frustración, el fracaso, el volver a esa cárcel al aire libre en la que están metidos.
Actualmente la Delegación está construyendo 5 habitaciones al lado de la sede, para instalar a los que han quedado mal. Ha colaborado el SJR.
Yo he ido como enviada de FASFI, cuyo deseo de hacerse presente en esa realidad era grande.
Ha financiado también un año de alquiler de un piso para voluntarios cuyo proyecto hizo Esteban.
Ayer, cuando recorríamos la valla y vimos de cerca las cuchillas, la altura, el pasillo entre las dos y últimamente el foso que está cavando la policía marroquí para que la dificultad de escapar sea mayor, se me acumulaba la indignación, que no es otra cosa que una reacción ética ante la realidad sangrante que está ocurriendo. Por supuesto, surge también la compasión, el despertar de la conciencia, el disentir ante lo intolerable y el deseo de la movilización ante realidades así. Y de volver.
Sé que no he contado muchas cosas que también me hubiera gustado decir. Han sido días muy intensos, y he estado allí como portadora de la inquietud de muchas Hijas de Jesús ante lo que no podemos sentir ajeno. Me he sabido acompañada por mi comunidad en la oración, en la ayuda y en la preocupación.
Guadalupe Romero, fi









