Como Compañía estamos llamados a buscar una respuesta religiosa al destino de la Tierra Chicago / Ecología – “Vuestros ancianos soñarán sueños, vuestros jóvenes verán visiones” (Joel 3,1).
Soy jesuita desde hace más de 55 años y acabo de cumplir los 68. Con motivo de mi cumpleaños, me gustaría compartir con vosotros mi sueño sobre la Compañía en esta primera mitad del siglo XXI.
Mi sueño comienza con una historia de la edad media en Europa. Es una historia sobre tres tipos de hombre.
Había tres hombres que cargaban con piedras una construcción. Al primero le preguntaron qué hacía él, y replicó que estaba cargando piedras. El segundo, cuando le hicieron la misma pregunta, contestó que estaba trabajando para mantener a su familia. El tercero respondió que estaba construyendo una catedral.
En mi sueño yo me hago la misma pregunta. ¿Qué catedral vamos a construir los jesuitas en este sitio? Como el segundo hombre de la historia, muchos de nosotros estamos ocupados enseñando, ocupados en nuestro trabajo pastoral, con nuestros apostolados sociales o de Ejercicios, y así en muchas otras buenas tareas. Pero, en el fondo, ¿cuál es realmente nuestra Gran Tarea como Compañía este siglo? Mi sueño quiere responder a esta cuestión.
Veo nuestra gran tarea como el discernimiento sobre el “bien más universal” y nuestra atención puesta en el “bien mayor”. También lo veo como nuestro movimiento hacia “las fronteras… esos lugares geográficos y espirituales donde otros no llegan o encuentran difícil alcanzar”, que el P. General Adolfo Nicolás menciona en su reciente mensaje sobre el estado de la Compañía.
Mi sueño también contiene una lectura de los signos de los tiempos, esos movimientos profundos del mundo y en el espíritu de las personas al comienzo de siglo. Lo que destaca entre los signos es la creciente toma de conciencia de que diversidad de la vida en la Tierra está sufriendo cada vez más presión y se reduce. Los bosques disminuyen, los acuíferos se secan, el suelo se erosiona, las pesquerías se extinguen, los ríos se secan, los glaciares y capas de hielo se derriten, los arrecifes de corales se destruyen, los océanos se acidifican, la atmósfera se calienta, las especies animales y vegetales desaparecen cada vez más deprisa, y más crías de especies nacen enfermas. En todo esto, y mucho más, estamos llegando a los límites de lo que la vida en la Tierra puede resistir… nos aproximamos al fin.
Estamos confrontados con la más dura realidad de nuestro tiempo, concretamente, el destino de la Tierra, incluido el de comunidad humana.
Somos la primera generación de seres humanos consciente de que es posible ese fin. Ningún ser humano pudo imaginarse algo así anteriormente. Los grandes maestros del pasado no hablaron al respecto. No hay mención de ello en nuestros textos sagrados o en las tradiciones. Nuestro pasado evolutivo no nos ha preparado para afrontarlo.
En mi sueño temo que más adelante en este siglo los hijos y los nietos se encontrarán viviendo en una comunidad de vida con la Tierra que tendrá un complicado futuro, un futuro en el cual será cada vez más difícil vivir con esperanza, encontrar sentido y disfrutar de la belleza.
Lo que le está sucediendo a la Tierra pertenece a un orden de magnitud más allá de cualquier otro al que nosotros los jesuitas hayamos puesto nuestras energías apostólicas en el pasado. Es de una magnitud mayor que cualquier asunto de justicia social de nuestros días. De hecho, tiene un carácter fundamental en el sentido de que nadie tendrá éxito si no es en el contexto más amplio de lo que le suceda a la misma Tierra.
Estamos confrontados con la más dura realidad de nuestro tiempo, concretamente, el destino de la Tierra, incluido el de comunidad humana. Como Compañía de hombres religiosos creo que estamos llamados a buscar una respuesta religiosa al destino de la Tierra. Me parece que es el mayor reto que han tenido que asumir los jesuitas. Tiene dimensiones espirituales. Requerirá que vayamos más allá de cualquier parálisis y negacionismo para que nos movamos hacia el futuro con esperanza, valentía y decisión.
En mi sueño, este futuro comienza uniendo nuestro amor apasionado por la humanidad con un amor igualmente apasionado por la Tierra y toda su diversidad de vida. Este amor nos llevará a trabajar con otros para desarrollar una relación beneficiosa entre la Tierra y su comunidad humana.
Queridos amigos en Cristo y compañeros de camino, os agradezco haber leído mi sueño. Al hacerlo ¡habéis participado en mi celebración de cumpleaños!






