ETIOPÍA. Población: 86.614.000 h. Indice de Pobreza Multidimensional: 0,564.
Índice de Pobreza Multidimensional (IPM)
El IPM utiliza diez parámetros divididos en tres bloques: educación (años de escolarización, niños escolarizados), salud (mortalidad infantil, nutrición) y calidad de vida (si el hogar tiene electricidad, si tiene un baño, si el hogar tiene acceso a agua potable, si el piso del hogar es de tierra, si se cocina con leña, carbón o estiércol, bienes familiares).
Y de repente Ambia se puso mejor
He pasado casi ocho meses en Etiopía, concretamente en Hiloweyn y sus alrededores, trabajando para Médicos Sin Fronteras (MSF) en la
respuesta a la crisis de los refugiados somalíes. Cuando pienso en el campo de refugiados de Hiloweyn, pienso en Ambia. Fue uno de nuestros primeros pacientes, una pequeña de 9 años y 10 kilos de peso, enferma de tuberculosis y sin nadie en la vida aparte de un tío suyo. Todo el resto de su familia había muerto durante la crisis nutricional o en la guerra. Ambia ha sido uno de los símbolos de nuestro centro de salud.
Por aquel entonces, entre finales del verano y otoño de 2011, el hospital estaba abarrotado de pacientes: solíamos tener entre 40 y 50 niños hospitalizados con desnutrición severa, de los cuales por lo menos 8 estaban ingresados en cuidados intensivos. El personal tenía que hacer guardias agotadoras para poder atender a todos los pacientes las 24 horas del día.
Fuera del centro de salud, una multitud inacabable esperaba a ser admitida también en nuestro programa nutricional. Cientos de mujeres con niños desnutridos. Dentro del centro, los médicos y enfermeras corrían de una tienda a otra, de un paciente a otro, durante todo el día, con solo unos pocos minutos de descanso para comer y cenar.
Ambia, como os digo, tenía 9 años y pesaba 10 kilos. Ojos abiertos al mundo de par en par, muñecas tan pequeñas como las de una niña de 4 años, muy testaruda, muy débil, siempre a la defensiva. Siempre enferma. No importaba lo ocupados que estuviesen los sanitarios, siempre sacaban unos minutos extra para ella. Y ella sonreía, pero no mejoraba. Conseguía ganar peso, pero al cabo de unos días volvía a perderlo rápidamente. Su diagrama de peso era una línea irremediablemente descendente.
Pensando en aquel tiempo, siento que de alguna forma ella era el paradigma de toda aquella crisis: un lugar complicado donde, a pesar de los inmensos esfuerzos, no vislumbrábamos signo alguno de mejora, donde cada mañana contábamos las camas que se habían quedado vacías por la noche, donde, perdida toda esperanza, las madres querían llevarse a casa a sus bebés moribundos…
Y entonces un buen día, de repente, Ambia se puso mejor. Nos limitamos a cambiar su dieta, ya que de todas formas no estaba respondiendo ya a los alimentos terapéuticos. El tratamiento contra la tuberculosis también empezó a tener sus primeros efectos positivos. Siempre recordaré a su tío llorando quedamente al darle las gracias al médico por salvarle la vida a la pequeña.
La semana pasada [mayo 2012], después de siete meses, volví a ver a Ambia. Y apenas pude reconocerla. Iba vestida con un traje somalí tradicional, el pelo cubierto y un velo enmarcándole el rostro, los mofletes y la cara resplandecientes… tuve que buscar ese pestañeo de obstinación en sus ojos para encontrar en ella a la Ambia que yo conocía. Ambia me miró y pude percatarme de que su sonrisa se agrandaba. Quiero pensar que me había reconocido.
Para la reflexión, acción y oración
Los cristianos también afirmamos con rotundidad que el Evangelio pone a las personas más desfavorecidas en el centro de su atención. Desde hace dos mil años, nuestra preocupación se dirige primordialmente a los más desfavorecidos. Así lo hemos aprendido de Jesús. ¡Ay de vosotros los ricos, los que ahora estáis satisfechos! Bienaventurados los pobres, los que ahora tenéis hambre, los que lloráis (Cf. Lc 6, 20-26). Así lo han vivido y viven tantos y tantos cristianos a lo largo de los tiempos. Así lo reflejan, al menos en los papeles, muchos e importantes documentos del Magisterio.
¿Es así en mi caso? ¿Pongo a las personas más desfavorecidas en el centro de mi atención, de mi corazón?
«Los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. Y dichoso el que no se siente escandalizado por mí» (Mt 11, 4-6)
ORACIÓN
Señor Jesús,
tú que te compadecías de las personas sufrientes
y que pasaste por el mundo haciendo el bien a todos,
sobre todo a los más necesitados,
ayúdanos a mirar como tú,
a conmovernos como tú,
a actuar como tú.









