Nos unimos al dolor de la Orden de San Juan de Dios que ha perdido a dos de sus misioneros Manuel García Viejo y Miguel Pajares. Los dos han entregado voluntariamente su vida como Jesús, a los enfermos de Sierra Leona y Liberia. Entre los más de 4.000 enfermos nos hemos quedado impactados por la muerte de estos dos hermanos de la Orden de San Juan de Dios. Pero en África, en estos lugares y en otros las personas siguen muriendo, unas veces por ébola, otras por malaria y otras por enfermedades por las que no hubieran muerto en Europa.
Son estos algunos de los sobrantes del Mundo? Nuestra vida sigue y desde Occidente sabedor de esta tragedia cierra los ojos y queda y quedamos enfermos todos de indiferencia.
Agradecemos a la Orden de San Juan de Dios su servicio entre los más pobres y agradecemos el ejemplo de tantos misioneros y misioneras que tienen la valentía de marchar a las periferias del mundo.
El religioso español Manuel García Viejo ha fallecido el jueves por la tarde, a las 17.55 horas, en el hospital Carlos III de Madrid, donde permanecía ingresado después de ser repatriado desde Sierra Leona en la madrugada del lunes. El misionero, que se infectó de ébola en la localidad de Lunsar, en cuyo hospital trabajaba como director médico, pertenecía a la Orden de San Juan de Dios. De la misma orden era el sacerdote Miguel Pajares, el primer paciente de ébola repatriado a Europa, que falleció el 12 de agosto, a los cinco días de llegar a Madrid. El estado de salud de García Viejo, de 69 años, grave desde su llegada,había empeorado en las horas previas.
García Viejo era médico especialista en medicina interna y diplomado en medicina tropical, y pertenecía a la Orden de San Juan de Dios desde hace 52 años. En los últimos 30 años había trabajado en África. Llevaba 12 como director médico del hospital que tiene la orden en Lunsar. El centro había estado en cuarentena a causa de la epidemia de ébola que afecta al África Occidental.
El hospital de Lunsar reabrió sus puertas para atender a parturientas unos días antes de que García Viejo empezara a notar los síntomas de la enfermedad. El religioso fue trasladado en ambulancia desde Lunsar unos 120 kilómetros hasta las afueras de la capital de Sierra Leona, Freetown, el pasado jueves por la tarde para ingresar en un hospital especializado en ébola que dirige la ONG italiana Emergency. Le hicieron los análisis el viernes, los resultados llegaron de madrugada, y el Gobierno anunció el sábado por la tarde su repatriación, que él mismo había pedido horas antes.
El religioso llegó a Madrid en un avión medicalizado del Ejército español. Padecía una severa deshidratación y tenía afectados el hígado y los riñones. “Su situación es grave”, dijo Francisco Arnalich, jefe de Medicina Interna del Carlos III el lunes, durante la primera y última rueda de prensa que ofrecieron las autoridades sanitarias para hablar del estado del religioso. García Viejo había pedido que la información se diera únicamente a su orden.
Ninguno de los remedios barajados llegó a tiempo para intentar salvar la vida del religioso ingresado en Madrid
“Cada tarde, sobre las cinco y media, después de rezar, paseaba por Mabesseneh, el barrio donde se encuentra el hospital, y era impresionante ver la cantidad de personas que se acercaban a saludarlo. Los pacientes lo adoraban. Los niños lo seguían. Todos lo conocían y lo querían. Era un tío entrañable“, ha contado este jueves al teléfono, muy afectado, el médico y odontólogo español Federico Gerona, amigo de García Viejo que cada año viajaba a Sierra Leona para trabajar como voluntario en el hospital de Lunsar. Siempre “estuvo disponible para los demás”.
“Aprendías todos los días de él. Manuel enseñaba que era mucho más importante mirar a los ojos de los pacientes que manejar un bisturí“, cuenta. A su amigo le gustaba pasear, hablar de gastronomía y de su tierra, León. “Yo soy ateo, pero la gente creyente dirá que era un santo. Nunca jamás intentó convertir a nadie, era absolutamente respetuoso. Cuando miraba a alguien veía a una persona, no una religión“, ha recordado.
“Hay cosas que no se pueden describir“, ha comentado José Luis Garayoa, misionero de los Agustinos Recoletos y amigo de García Viejo, en conversación telefónica desde Sierra Leona. Ha asegurado que esta es la noticia que menos esperaba: “Ayer por la noche se me murió una niña de 11 años, no de ébola, de otra cosa por la que no hubiera muerto en Europa. Por la mañana fui a llevar arroz a una aldea porque murió un muchacho. Y ahora se me muere Manuel“.
Manuel decía que el cielo no lo tenía aún ganado
“Él siempre deseaba volver a África“, cuenta su familia, que no le sacaba esa idea de la cabeza pese a insistirle y recordarle sus 69 años, la malaria y una dolencia de corazón. Males que no impedían a este cirujano caminar más de 10 kilómetros a diario — “le encantaba andar”— cuando se recogía en ese hogar leonés con un huerto que García Viejo frecuentaba cada mañana y donde le recibía el mayor de sus cuatro hermanos —él era el más pequeño; otro falleció—. “Manuel era feliz allí, en su hospital de África“, cuentan sus allegados, que lo han pasado “muy mal” desde que empezaran las sospechas de contagio.
El misionero llegaba a España con unas chancletas y unos pantalones de flores, pero su cuñada rápidamente se apresuraba en arreglarle los que se dejaba en el armario de su habitación. Porque sólo cabían medicamentos en la maleta que agarraba cuando retornaba a África. Por eso, su familia le metía a escondidas en los bolsillos algo de comida, “porque allí estaban muy abandonados, no tenían recursos“, recuerdan. Y todo terminaba dándoselo a los demás: “Porque él decía que el cielo no lo tenía todavía ganado“.









