Salmorejo casero – Esteban Mogas

Esteban está inmerso en su voluntariado en Roquetas de Mar, Almería. Desde octubre, colabora con el proyecto «Caminamos juntos» que impulsamos junto a la asociación Nakani. Él mismo nos cuenta esta historia:

El otro día comí salmorejo casero. Como tantas otras veces que habré comido del de Alvalle, que es bueno, bonito y barato. Pero el otro día fue distinto. Profundamente distinto. Los tomates que usamos para prepararlo no eran unos cualesquiera, sino de los que había cogido en el campo uno de mis alumnos. A medida que iba saboreando el plato, Woury se me iba haciendo presente.

Me lo imaginaba a él, alto y delgado, agachándose repetitivamente para arrancar del tallo los frutos. Una hora, dos horas, tres… y así un día tras otro, mes tras mes, año tras año… Me imaginaba sus manos, grandes y finas, gastándose poco a poco del roce con las ramas, haciéndose callos y tal vez pequeños cortes, volviéndose cada vez más hábiles, pero también más ásperas y cansadas. Me imaginaba las gotas de sudor cayendo por su frente, bajo el techo y calor del invernadero. Me imaginaba su espalda, magullada de estar en una posición tan incómoda. Me imaginaba su ropa, raída por el trabajo pesado y repetitivo. Me imaginaba sus pensamientos, con su mujer e hija en la cabeza, a miles de quilómetros de distancia. Me imaginaba sus anhelos, su ansia de conseguir los papeles. Me imaginaba sus miedos y sus traumas en el camino hacia Europa. Me imaginaba sus recuerdos de la vida en el pueblo, en Senegal. Me imaginaba su esperanza de un futuro mejor…

El otro día, en un acto tan simple y aparentemente cotidiano como comer salmorejo, fue la primera vez en mi vida que los tomates significaron para mí algo más que meros tomates. Parece una afirmación ridícula, pero fue una experiencia real y profunda. No los había comprado aleatoriamente en un supermercado, vendidos a granel en grandes recipientes, sin cuestionarme el origen o trabajo que estuvieran ahí representaba, sino que una persona cercana a mí, parte de mi vida, los había cosechado y recogido con sus propias manos.

Comer es un acto sagrado y tenemos que estar agradecidos por tener algo en el plato. Pero cuando pones cara y ojos a la persona e historia que hay detrás de esos ingredientes, te transforma, te sacude y te hace infinitamente más consciente de lo que tienes delante. Ojalá pudiera, en todos los ámbitos de mi vida, caer en la cuenta del esfuerzo, trabajo humano e historias que hay detrás de ello.

Gracias Woury.

Salmorejo casero – Esteban Mogas
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